|
(Hacienda de Rancho Grande)
Se que
Pantaleón murió un día, y que cuando era velado de repente sucedió un
fenómeno sumamente raro, se soltó un aire muy fuerte provocando que las
velas se apagaran. En ese momento se escucharon maullidos y ladridos de
gatos y perros.
Algo ocurrió en el velorio, pues la gente empezó a murmurar y se hacia
con frecuencia la misma pregunta ¿que está pasando?
Don Eugenio hermano de Pantaleón, haciendo acopio de valor a toda prueba
fue el único que se acercó al ataúd y trató de encender los cirios.
El fue quien se dio cuenta, antes que nadie, que el cuerpo de su hermano
ya no se encontraba en la caja. Don Eugenio pidió de favor a los
presentes que no digieran nada de lo que había descubierto.
Don Eugenio para simular que el ataúd guardaba el cuerpo de su hermano,
lo llenó de piedras sin que nadie se diera cuenta. Al llegar al panteón
se enterró un ataúd vacío, pero que todos creían que ahí estaban los
restos de Pantaleón.
Días después del entierro se vio a Pantaleón pasearse por los pasillos
de la casa grande de la hacienda, asustaba a todos sus habitantes con su
presencia. Es más, hasta lo vieron salir a la calle y dirigirse al
templo.
Pero ¿Quién era Pantaleón?... Bueno, este era un esbirro de Natividad
del Toro, el fiero comandante de la acordada de Fresnillo. Servía
también a los hacendados para levantar a la peonada casa por casa para
que fueran a trabajar en los campos de labrantío.
Cuando se aferraban los campesinos a no trabajar, Pantaleón los llevaba
ante Natividad del Toro quien los torturaba, llegando a matar a algunos.
Pantaleón era también muy malo, decía la gente, pues hasta colgaba a las
personas de los pies atándolas de las argollas cuando se negaban a
obedecer al amo.
Dicen quienes lo han visto por las ruinas de la casa grande, que
Pantaleón anda buscando a más gente para llevarlos al campo. Se aparece
llevando cuerdas en las manos. Como que anda buscando a quien torturar o
castigar por desobediencia o para imponer su autoridad, mejor dicho
cometer excesos y abusos de poder.
(Aportación de vecinos de la comunidad de Rancho Grande)

EL FANTASMA DEL CAMPANARIO |
(Muerte
de J. Natividad del Toro)
La chiquillería que integraba el coro para cantar
himnos religiosos en la parroquia de la Purificación de Fresnillo, al
terminar con sus obligaciones, en numerosas ocasiones bajaban las
empinadas escalinatas de cantera de la torre como “alma que lleva el
diablo”. Salían al atrio corriendo y brincando y hasta gritando como
desquiciados. No querían ni deseaban toparse con ¡El Fantasma del
Campanario¡
Ya lo habían visto los compañeros, el sacristán, los
organistas y hasta dos traviesos monaguillos. Ellos fueron los que
empezaron a divulgar las apariciones y advertían a cuanta persona subía
al coro, ya fueran adultos o niños. Describían a ese fantasma como un
tipo vestido de militar y con tremendos bigotes y rostro adusto.
Este militar, dicen… siempre se aparecía en el mes de
febrero, luego en cualquier fecha, precisamente cuando mas personas
andaban en el atrio o suben al coro o al campanario. Dicen que…
escondía
su rostro y cuando alguna luz se filtraba en las oscuras escaleras, se
le veía la cara ensangrentada y pelando tremendos ojotes
Que traía en una de las manos una enorme pistola y en la
otra un sable. Que era de estatura regular y medio regordete. Vestía un
uniforme de color azul. La chaquetilla con elegante botonadura y en la
cabeza llevaba una especie de kepí recortado. Calzaba una especie de
bota militar alta y muy lustrada y que era muy mal hablado cuando se
dirige a quienes se encuentra ya sea en la torre, escalinata o en el
atrio.
Que siempre se aparece mirando para todos lados y
gritando órdenes para que Natera no se acerque al campanario. Su estampa
y vocabulario es al parecerlo que más terror causa a quienes por
desgracia se lo topan en alguna de las vueltas de la inclinada
escalinata de cantera.
Algunas personas que se han interesado en el fantasma
del campanario, luego de la descripción que se hace, investigando aquí
o allá, lograron conocer un sangriento episodio ocurrido ahí mismo en el
año de 1913. Supieron de un enfrentamiento a tiros entre las fuerzas del
Gral. De Div. Pánfilo Natera y de José Natividad del Toro (*), a al
parecer era el jefe de la acordada en Fresnillo.
Del Toro se refugió con varios elementos armados en el
campanario y de ahí abría fuego contra las tropas de Natera. La lluvia
de metralla venía de todos lados, de abajo hacia arriba y viceversa. A
pesar del fragor del combate, no se podía sacar de su escondrijo a Del
Toro y para hacerlo bajar de la torre, se prendió fuego a gran cantidad
de chile seco que se apiló a la entrada del campanario.
Solamente de esa manera bajaron los afortinados de la
torre, no así su jefe, el cual prefirió matarse disparándose un tiro en
la boca que ser aprehendido por Natera. Su cuerpo ya sin vida fue bajado
a rastras por sus subalternos dejando manchas de sangre en los peldaños
de la escalinata. La gente de Del Toro fue fusilada al capturárseles,
supuestamente en el mismo atrio.
El fantasma de José Natividad del Toro, aquel fiero de
la Acordada en Fresnillo, ha vuelto al lugar donde se quitó la vida.
Algunos le han visto en el primer nivel del campanario, otros en el
atrio y creen que es un vigilante policía, sin embargo cuando observan
con más detenimiento a este personaje, se dan cuenta que su vestimenta y
estampa no corresponde ni es de estos tiempos. De imediato de retiran
del lugar.
(*)La fecha de enfrentamiento entre el Gral. Pánfilo Natera y José
Natividad del Toro, fue en el mes de febrero de 1913. Del Toro se había
apoderado de la ciudad de Fresnillo. Natera al frente de 300 soldados
le hizo frente y recuperó la plaza. Del Toro se refugió con varios de
sus oficiales en el campanario de La Purificación. (Monografía de
Fresnillo 2004)

( Hacienda de Santa Cruz)
Cuentan
los lugareños de la leyenda del Perro Negro, y cuando vuelve a
escucharse en los endurecidos rostros de los hombres del campo se
alcanza a ver cierto miedo o temor, por su parte las mujeres se
santiguan y de imediato cubren sus rostros con negros rebozos.
Calladamente empiezan a orar invocando al santo patrono de la hacienda
para que no vuelva a hacer su aparición el temido perro negro.
Intrigados por el tema y por la manera en que se platica,
nos dimos a la tarea de buscar a las personas que conocen el origen de
esa leyenda. Los encontramos en el semi abandonado caserío de lo que en
un tiempo fue una próspera hacienda y después de varios intentos
aceptaron la entrevista. Nos pidieron no decir sus nombres, pero sí
grabamos parte de la conversación.
Lo que en seguida se narrará al parecer ocurrió a mediados
del siglo XIX, cuando la hacienda de San Nicolás de Santa Cruz era
propiedad de Don Joaquín Llaguno. En ese tiempo todo era prosperidad en
esa hacienda, de la cual, incluso, eran parte de ella las Huertas de
Santa Cruz, el Baño de Atotonilco y otras estancias y sitios del rumbo.
Bueno… pues… un aciago día del mes de octubre las jornadas y
labores comunes de la hacienda y principalmente de la casa grande se
paralizaron por completo. El hacendado, el dueño de extensas planicies,
ganado, huertas y fábricas yacía en su aposento victima de una
enfermedad desconocida. La muerte rondaba el caserón, se temía lo
inevitable.
En los pasillos y corredores de la casa grande todo era
movimiento sin cesar. Se cruzaban de manera atropellada miembros de la
familia del dueño de la hacienda y la servidumbre. Algunos de ellos
llevaban en sus manos brebajes que preparaban los médicos y curanderos,
otros más rezaban junto con el sacerdote que recorría todos los rincones
arrojando agua bendita, posiblemente para ahuyentar algún ser maligno.
La casa grande estaba construida frente a la capilla de la
Hacienda, de donde y salían y entraban personas visiblemente alteradas y
sumamente nerviosas ya que no se explicaban el porque de la imprevista
enfermedad del amo. Pedían a San Nicolás por la pronta recuperación del
patrón ya que su presencia era requerida en la conducción de las
múltiples faenas propias de la hacienda, mismas que se habían
suspendido.
Las plegarias al parecer ya no eran escuchadas, el mal se agravaba y
consumía de manera rápida al enfermo. Ya no pronunciaba palabra alguna,
su rostro demacrado era una fiel expresión de que la vida se le escapaba
a cada instante; en sus cansados ojos se alcanzaba a ver algún tenue
destello de luz, su lánguida mirada era dirigida hacia una ventana de la
habitación. Como que quería decir algo. Posiblemente una advertencia o
recomendación.
Al filo de la medianoche del primer día del mes de noviembre
el rico hacendado dejó de existir. La triste noticia enmudeció a todos
los que se encontraban en torno a la cama donde estaba postrado el
enfermo. El llanto rompió el silencio predominante, las lágrimas
brotaban sin cesar de los enrojecidos ojos de familiares, amigos y fiel
servidumbre. Hasta los animales de la casa también callaron.
El cuerpo del hacendado fue tendido sobre una especie de plataforma
o tarima de madera cubierta por negros mantones de terciopelo y paño.
Portaba un fino traje charro con botonaduras de oro y plata. En las
esquinas se colocaron cuatro enormes cirios que fueron encendidos luego
de empezar los rezos y cánticos. En la amplia sala se encontraban los
familiares y cercanas amistades; todos ellos vestían ropajes oscuros.
Las damas se cubrían el rostro con negros velos.
Por su parte la servidumbre no paraba en su constante ir y venir por
toda la casa llevando en bandejas bebidas o alimentos a los asistentes
al velorio. También vestían de negro y apenas eran audibles sus
sollozos. Compartían la pena de la familia del rico hacendado que en
vida era muy respetado por su comportamiento y trato firme pero amable
con los trabajadores y sus familias. En el exterior de la casa grande,
el resto de la peonada también y a su manera se unían al duelo.
Al parecer todo transcurría de manera normal. Sin embargo en horas de la
madrugada ocurrieron una serie de sucesos que atemorizaron a los
asistentes al velorio. Todo empezó con un fuerte y helado vientecillo
que empezó a azotar puertas y ventanas provocando la interrupción de
rezos, luego se apagaron los cirios colocados en torno a la tarima donde
fue depositado el cadáver del hacendado. Las bujías que iluminaban la
estancia también se apagaron. Todo quedo a oscuras y solo se escucharon
gritos de espanto y ayes de dolor.
Nadie se explica que había ocurrido. Al restablecerse de nueva
cuenta la luz en el salón donde se encontraba el cuerpo expuesto, los
pocos asistentes que no salieron de la sala observaron llenos de
estupor que el cuerpo del hacendado ya no estaba en el lugar para sus
funerales. En el mismo apareció un enorme perro negro que aullaba sin
parar. Como que estaba llorando decían.
Lo anterior causó todavía más miedo entre los presentes y
empezó la desbandada casi de manera atropellada. Unos huyeron para de
plano no regresar otros más se dieron a la tarea de encontrar el cuerpo
y la explicación de lo sucedido. Ninguno de los presentes se atrevía a
sacar al perro negro que más que eso como que se asemejaba a un ser
diabólico. Después se supo que el perro acompañaba a su amo en sus
continuos recorridos por sus propiedades.
Finalmente se encontró el cadáver bajo la tarima y se procedió
a darle cristiana sepultura en el panteón de la hacienda. Del perro
negro jamás se volvió a saber nada. Este desconcertante suceso empezó a
olvidarse por el rumbo. Pasaron los años y la hacienda perdía de manera
inevitable su esplendor hasta quedar en ruinas. Se sabe que algunos
ricachones la compraron pero nada pudieron hacer para volver a
convertirla en una productiva hacienda.
En tiempos más recientes, precisamente para el mes de
noviembre, quienes cuidan las ruinas han platicado que durante la
madrugada del día dos se escuchan los ladridos de un perro en lo que era
la casa grande. Le han buscado porque puede comerse las gallinas, pero
no le han encontrado por ningún rincón. Otros aventureros busca tesoros
también han asegurado que han visto un enorme perro negro en lo que
queda de la rica hacienda.
Por
cierto, dicen los vecinos que los aullidos de un perro siguen
escuchándose en la madrugada de cualquier día, incluso a cualquier hora.
Acuden a las ruinas de la hacienda para buscarle y nunca han podido
encontrar su escondrijo. Acaso será el perro del amo que regresa a
cuidar lo que en un tiempo fue propiedad del rico hacendado?… ¿ Se
atrevería a ir a la hacienda a investigar este suceso?… ¿Será verdad o
fantasía?

(Los aparecidos del teatro)
Los
vigilantes del teatro Echeverría reportaron a un menor de edad que
jugueteaba en el tercer nivel. Administrativos e intendentes
acompañaron a los gendarmes para buscar al pequeño y evitar de esa
manera un accidente mortal. Después de recorrer los pasillos, no de uno
sino de varios niveles, no se pudo localizar al niño.
Lo anterior no hubiera tenido alguna repercusión o trascendencia si no
se hubiera repetido el incidente que movilizó a todo el personal en la
búsqueda de ese menor que nuevamente se le alcanzó a ver en la parte
alta y en los palcos. En ésta como en otras ocasiones, no se le encontró
por ningún lado. Este incidente vino a causar conmoción y preocupación,
incluso miedo en el personal del teatro.
Uno de esos días en que acuden numerosas personas a presenciar los
eventos programados, un grupo de menores de edad se daban a la tarea de
corretear y gritar por los semi oscuros pasillos. Subían y bajaban
atropelladamente las escaleras, brincaban de una butaca a otra, de
plano, se daban a la travesura.
De pronto se dejó de escuchar la gritería de los jovencitos, estos muy
calladitos regresaba a sus asientos junto a sus descuidados padres. Su
actitud llamo la atención, se mostraban alterados, como asustados. Uno
de ellos no aguantó el llanto y confesó a sus padres que había visto el
fantasma de un niño que les seguía como tratando de decirles algo.
Este niño se supo después, que cuando el teatro era utilizado como cine
mudo, se cayó desde la galería perdiendo la vida al estrellarse sobre el
piso de la sala principal. Su cuerpecito fue encontrado mucho después de
haber ocurrido la desgracia ya que nadie se había dado cuenta. Era uno
de esos niños que escapan del cuidado de sus padres para darle rienda
suelta a sus correrías o aventuras.
Este infantil fantasma se aparece en las funciones cuando la presencia
de los menores es notoria. Se cree que cada vez que corre junto a los
niños, no es para asustarles sino acompañarles en sus juegos, como si
intentara hablarles para advertirles del peligro que se corre de
acercarse a los inseguros barandales de cada nivel. Este pequeño también
a sido visto por adultos, estos, aunque usted no lo crea, cuando se
enteraran de que es uno de los fantasmas que ahí se aparecen, jamás se
atreven a recorrer los lugares más oscuros, menos si van solos.
Otros más reportan que también han
visto apariciones de personas con vestimenta fuera de épocas que lo
mismo andan por los pasillos, baños y camerinos, no se diga en el lugar
donde se encuentra el pozo, en la parte baja del foro.
Se preguntan: ¿Serán los fantasmas de los ingenieros que se
cayeron del techo cuando se construía el teatro, o los rebeldes o
militares que murieron en una balacera, o de los que fueron asesinados
cuando era cantina? (**)
Quien sabe quienes serán… Pero, de todas estas
fantasmagóricas apariciones, la que mayormente llama la atención, es la
del niño. Es el que más personas han visto o creen haberle visto,
principalmente menores de edad.
(**).
Hechos reales que registra la historia de este inmueble.

(Templo de la purificación)
Lo
que enseguida narraré, ocurrió por el año del Señor de 1644. Fue en
una de sus visitas a éste mineral de Fray Juan de Angulo (1). Cada vez
que viajaba de Sombrerete a Zacatecas llegaba a este Real a saludar a
sus numerosas amistades, ya que era merecedor de infinidad de atenciones
por sus virtudes y servicios al menesteroso.
Se le recibió en la casa del Capitán Don Andrés
Venegas, el cual también era el propietario de una mina de las más ricas
de la localidad. En ese tiempo la explotación y extracción del mineral
había disminuido notablemente, a tal grado, citan los cronistas de la
época: provocaban que el pueblo “se despoblara”.
Preocupado el Capitán por la crítica situación económica
que dificultaba cualquier acción que le permitiera rehacer su fortuna y
de esa manera asegurar la manutención de su familia y trabajadores,
pedía al religioso su consejo y oraciones. Este le manifestaba que
tuviera paciencia ya que uno de sus sirvientes, el más humilde,
descubriría rico filón de oro y plata que cambiaría por completo la
desolada imagen del poblador y de sus habitantes.
Resulta que, al poco tiempo del augurio de Fray Juan de
Angulo, un esclavo negro del capitán descubrió la rica veta. Pronto
llego la esperada recuperación económica al reanudarse la explotación y
beneficios de los minerales, también el comercio empezó a reactivarse y
la comunidad volvió a repoblarse de manera importante.
El milagroso acontecimiento, así fue considerado, pronto
se hizo notar, resulta que el Capitán Andrés de Venegas, fervoroso
creyente, en agradecimiento al favor recibido aportó gustoso una
importante suma de dinero para que se construyera un templo “muy
decente”, así citan las crónicas que versan sobre la vida de Fr. Juan de
Angulo y sus milagros.
Se supone que el templo “muy decente”, según el
transcurrir del tiempo, es el Templo de la Purificación. De acuerdo a
nuestra particular apreciación.
Años después del pronóstico del fraile, por el siglo
XVIII, trabajaba las minas de Proaño del Capitán Dionisio González de
Muñoz, el tenía su vivienda en las inmediaciones de la ciénega (Origen
de los Ojos de Agua del Fresnillo, primer nombre de este paraje) y que
se les localiza en el centro de la ciudad. Les acompañaba su familia,
integrada por su esposa y dos pequeños.
Uno de ellos, al realizar sus juegos en compañía de
otros amiguitos, en las cercanías de la ciénega, cayó accidentalmente a
uno de los ojos de agua. Estuvo a punto de perder la vida ahogado,
milagrosamente se salvó. Este hecho fue del conocimiento de los padres
del infante, el ojo de agua, al parecer, es el pozo que se encuentra en
el atrio del templo parroquial.
Los padres del menor, luego de reflexionar sobre la
forma en que ocurrió el percance, prometieron construir en el mismo
sitio donde su hijo estuviera a punto de perder su vida, un templo. Lo
que me contaron ocurrió un 2 de febrero, el Día de la Candelaria.
La promesa fue cumplida, con el tiempo este templo se
convierte en la Parroquia de Nuestra Señora de la Purificación del Real
de Minas de Fresnillo (*)
(*) Desde el principio se le dedicó a la Virgen de la
Purificación o de la Candelaria, que entre otras cosas es la Patrona de
Fresnillo, según costa en manuscritos fechados en 1738.
Son testimonios históricos, indudablemente, pero…
continuamos con la leyenda:
Posteriores años, no recuerdo cuantos, pero fue después
de haber ocurrido el milagro del Niño y la Ciénega, precisamente cuando
el templo ya había sido construido, en el atrio, cerca de la noria (Uno
de los Ojos de Agua), que en ese lugar existe, se escuchaban angustiadas
voces de personas que llaman al niño; le previenen del peligro de caer
en las cenagosas aguas.
Incluso, hay quien afirma que han visto a un niño
vestido a la usanza de aquellos tiempos en el atrio y que también se
acerca a otros pequeños para advertirles de los peligros que encierra
acercarse demasiado al pozo.
(I).- Bibliografía.-
Maravillosas Virtudes del Venerable Padre
Fray Juan de Angulo
Crónica de
la Provincia por el MRPFR Joseph Arlegui Cap. XVI

LAS HECHICERAS DE FRESNILLO |
Desde inmemoriales tiempos, desde los orígenes de la humanidad, las
tribus nómadas en sus rústicos campamentos se reunían en torno a su
brujo, sacerdote o guía, para tratar asuntos de su comunidad y a la vez
para la transmisión de poderes como de conocimientos.
Nunca faltaba el brujo como personaje central, encargado
de invocar espíritus para que estos proporcionaran comida en
abundancia, aliviar enfermos o ganar batallas. Se vestían con pieles,
utilizaban osamentas de animales, como cuernos, pezuñas o colmillos y
hablaban un lenguaje esotérico. Se pintaban el rostro.
En Fresnillo se ha escuchado desde muchísimos años atrás
de las brujas y hechiceras, las crónicas más antiguas llaman a este
lugar como ¨Pueblo de hechiceros¨ y se les ubica por distintos rumbos de
la ciudad o en comunidades cercanas.
A las brujas y hechiceras, a estos personajes se les
presenta de manera muy diferente. Las brujas o brujos son los enviados
del mal. Las hechiceras o hechiceros por su parte representan el bien.
Por lo menos así se les describe.
También existen los curanderos o santeros que con su
rito o ceremonia tienden a rescatar del mal a quien haya sido victima de
un maleficio. Algunos de ellos practican similares rituales, preparan
infinidad de brebajes y recurren a los amuletos. Utilizan para sus
curas la piedra alumbre o el huevo; siempre rezan. Tienen en sus
santuarios imágenes de santos católicos. Sucede todo lo contrario con
los brujos.
Desde sus orígenes Fresnillo empezó a tener cierta fama
atribuible a la presencia y permanencia de hechiceras. Se considera que
tienen poderes mágicos y que eran sumamente cotizadas entre todas las
clases sociales a pesar de la inconformidad de sacerdotes y misioneros
católicos. La santa inquisición les persiguió y castigó con denuedo.
Estas hechiceras no eran las brujas, eran nada menos que
las herederas de una tradición milenaria, conocían el poder de la
medicina herbolaria para sanar ciertos padecimientos o enfermedades,
cuyos resultados eran sorprendentes. Por esa razón se les buscaba de
cualquier rumbo. Quienes las veían como seres malignos desconocían por
completo que eran distintas a otras personas, pero en conocimientos. Por
eso las veían como un peligro para la religión y creyentes.
Por diversas y hasta comprensibles circunstancias se
perseguía a las hechiceras, reprimía y condenaba, pero jamás pudieron
impedir que prosiguieran con sus prácticas. Además no era una sino
varias personas que las protegían. Se les localizaba principalmente, en
las Plazuelas, por ejemplo: Los Laureles, Cruz del Descanso y en la
comunidad de Beleña, así como en barrios alejados del centro. Su
popularidad era tal que desde otros distantes lugares procuraban sus
curas y brebajes para aliviar sus males.
También había otro tipo de hechiceras. Se les daba ese
nombre a las mozas que se distinguían de otras por su penetrante mirada
y los ojos café claro. Mismas que eran poseedoras de excitantes como
misteriosa belleza, que no eran común en el resto de mujeres que
habitaban el mineral o región. Estas hechiceras eran descendientes de
cultura morisca o árabe que de alguna manera llegó hasta la nueva España
con los conquistadores.
De acuerdo con la leyenda, las brujas son descritas en
distintas partes del mundo de diferente maneras u formas. Estas eran de
aspecto diabólico, horripilantes, con vestimenta harapienta y larga,
greñuda, nariz afilada, ojos de fuego y con unas enormes uñas en cada
dedo de las manos. Esta descripción es parecida a las fábulas que nos
llegaron de Europa después de la Colonia.
Bajo ese aspecto durante el día se ocultaban, pero en la
noche hacían gala de sus poderes; como vehículo para transportarse de un
lugar a otro, utilizaban la clásica escoba para barrer, la de mango
alargado de madera. También en el monte se les veía como bolas de fuego
que descendían hacia los pueblos para causar algún embrujo.
Dicen por allí que en Fresnillo sí existen las brujas,
estas son aquellas personas que se dedican a hacer maleficios, son las
que magnifican la envidia, la soberbia y la mentira. Son las que arrojan
sal en las puertas para causar salaciones a sus moradores. Son las que
invocan al maligno, y a lo mejor son las que dejan manojos de ciertas
yerbas y listones en cruceros de calles. También causan enfermedades
recurriendo a bebidas preparadas a base de toloache, el beleño y otros
brebajes, que por cierto los médicos no curan.
Se contaba además que algunas se especializan en
diferentes “hechizos” o habilidades, por ejemplo hay quienes preparan
los llamados filtros de amor, deseo y placer, también para que el esposo
ausente regrese al hogar, y que no sea infiel o para conquistar a un
inalcanzable. Se les consultaba para encontrar relaciones o tesoros
ocultos. Hasta para arreglar asuntos difíciles. Son tan poderosas que
hasta podian “dañar” a cualquier persona sin acercarse a ella tan solo
con tener una fotografía de la probable víctima.
Para curar a enfermos de algún maleficio, queman en el
bracero un puño de romero, incienso y un pedazo de azufre, pasando al
supuesto embrujado de oriente a poniente y de norte a sur durante el
tiempo que se dilate la persona en rezar el credo o si este se reza al
revés dicen que es mejor. El tratamiento incluía lo que se llama “la
contra” una especie de amuleto o talismán que lo protegería de quien
pretendiera causarle algún daño. Los hechiceros siempre advierten a sus
protegidos sobre los charlatanes o imitadores.
Cuando el ritual de limpia recomendado termina, a la
persona afectada se le para frente del fogón y con una cruz hecha de
pirul macho se barre al sujeto desde la cabeza hasta los pies sacudiendo
ésta sobre el fuego pronunciando las siguientes palabras: “por encima de
ríos, por encima de montañas y montes, y con todos los diablos devuelve
la salud y su suerte a este embrujado”
Cuando el fuego se extermina se hinca al enfermo, se
reza el credo otra vez sonando sobre la cabeza del ¨enhechizado¨ una
campanita, agregando a esta oración que dé el alivio necesitado,
rociando el cuerpo con perfumes o lociones y ungüentos hechos a base de
yerbas. La ceniza del fogón se entierra en un lugar lejano para
ahuyentar el mal.
Esta cura se repite los primeros tres viernes del mes
que usted elija.
Tales secretos, entre otros más, son guardados muy
celosamente, solo algunos y muy cercanos a los practicantes saben de
ellos, pero jamás se atreven a utilizarlos porque solamente les
corresponde a los elegidos.
Según las fábulas se escucha entre el vulgo que la
Plazuela del Huache, aquí en Fresnillo, era el panino de las brujas
maléficas. Y, nos hablan de personas que fueron victimas de sus brebajes
o pócimas. Por esta plazuela se realizaban los rituales o
ceremonias a petición al padecimiento que sufría.
En un tiempo cuando se escuchaba a una lechuza y se le
veía en la oscuridad se decía que era una bruja asechando a su víctima.
La otra clase de hechiceros no se presentaban
harapientos o en una bola de fuego como las maléficas, sus hechizos son
diferentes, pues estas son mujeres hermosas que con su mirada y cuerpo
cautivan a los hombres, estas de día y a cualquier hora de la noche
pueden hacer gala de sus encantos y poderes usando como arma la magia
simpática de su dominio contagioso, la que a los hombres embruja y quema
con sus hechizos, los que arrulla y balancea al resplandor de la luna,
con goces sensuales rodeados de besos de amor, sin el cual no se
embellecería la vida.
Las crónicas prehispánicas, del virreinato y la colonia,
han dejado impresos donde se identificaba a este lugar como tierra de
hechiceros.
En el presente aún persiste esta creencia. En otras
partes del país hay quien relaciona a Fresnillo con la hechicería. Se le
vincula con El Calabazal, comunidad entre los límites de Zacatecas y
Durango. Indudablemente que la cercana Beleña es parte de
fabulosas pero aterrantes narrativas.
De estas hechiceras hasta los poetas hablan, como Luis
G. Ledesma en su canto a Fresnillo cita:
“Hoy el
puro al cigarro sobrepuja; el papel orozus de venado; y al pedernal mil
veces embitado, el cerillo famoso de La Bruja” (esta era una marca de
cerillos fabricado en esta ciudad suponemos con relación a las
hechiceras).
Este tipo de tema ha sido objeto de laboriosas y serias
investigaciones que datan de varios siglos tratando de ahondar un poco
más en estos míticos personajes y la similitud que se tenía con los
curanderos antes de la llegada de los españoles y en siglos posteriores.
Lo que se ha descubierto es sorprendente. A la fecha, en pleno siglo XXI,
todavía se habla de brujas y hechiceras, incluso se les presenta de otra
manera, muy diferente a los personajes que nos trajeron de Europa con
sus aquelarres y maleficios.
Si, Fresnillo desde sus orígenes ha sido tierra de
hechiceras, así lo han registrado las crónicas de mayor antigüedad.
Pero, ¿qué podemos esperar de ellas?… Mejor dejemos las cosas como
están, porque dicho de otra manera, somos descendientes de esos míticos
personajes y creo que no podemos dejar a un lado nuestros orígenes.

(Pozo del
Arroyo de la Joya)
Eran los
años en que la minería se adentraba en una bonanza que atraía a cientos
de aventureros y mercaderes de todas partes, hasta de otros países. El
oro y la plata, según los pregoneros, ¨ se sacaba a flor de tierra ¨.
Lo que en seguida contaré, tal y como lo escuche hace
mucho tiempo, ocurrió por el año de1585. Precisamente cuando se
trabajaba con verdadero fervor las recientemente descubiertas minas de
San Demetrio y del Fresnillo. Su insipiente producción alentaba a los
mineros a seguir con las agotadoras y peligrosas jornadas para obtener
la tan ansiada riqueza.
En torno
a las minas, los trabajadores hacían correr como caudalosos riachuelos,
las casi obligadas y aventuradas historias, ya fueran mito o realidad,
pero…esta es una de ellas:
Un empleado de mucha confianza de los propietarios de
minas, de nombre Simón, era el encargado de llevar las talegas con
monedas de oro y plata, para pagar sus jornales a los trabajadores de
minas. Durante años cumplió fiel y devotamente su misión. Sin embargo un
día desapareció.
Varios días después de su angustiante desaparición, su
cuerpo sin vida fue encontrado cerca del arroyo conocido como La Joya (
III )
El hombre de todas las confianzas de los dueños de las
haciendas de beneficio de San Demetrio y de las minas del Fresnillo,
Simón el viejo, fue asaltado y muerto por bandoleros que mantenían
asolados los fundos y villorrios.
Ese día era muy especial, los mineros esperaban
emocionados su paga para reunirse con los suyos. Sin embargo no ocurrió
así…Simón el viejo jamás cumpliría con su misión. Jamás regresaría.
Pero… ¿dónde quedaron las talegas con el oro y la plata?
Los habitantes de los dos pueblos comentaban con
tristeza: ¨ Simón jamás llego a la hacienda de beneficio de don
Francisco Ruiz de Guzmán ¨ un próspero minero avecinado en el
Fresnillo. A él debería de entregar las talegas con la paga para los
trabajadores de las minas y haciendas.
Desde que se supo de su desaparición se temía lo peor por
la presencia de los bandoleros y de los temibles guachichiles que
merodeaban la región cometiendo infinidad de tropelías. Claro que se le
buscó de manera desesperada por los alrededores, un grupo de gente
armada iba al frente, eran de las tropas acantonadas en el presidio de
Fresnillo. Fueron varios los santos días que la patrulla de soldados y
voluntarios andaban de un lado al otro, se iban por las sierras del
oriente, luego por la Bufa y hasta San Martín. Lamentablemente no
encontraban rastro alguno que les pudiera llevar a la localización del
desaparecido.
Fue hasta uno esos atardeceres cuando un indito que iba a
San Demetrio cruzando por el arroyo de la Olla alcanzó a ver a Simón.
Este le llamaba angustiosamente, le pedía ayuda. Como el indígena no
sabía nada de la desaparición del viejo, pues se le acercó sin temor
alguno, Simón se encontraba sentado en el brocal del pozo.
El viejo, diría después el espantado indito…¨ me llamaba
desesperadamente, me pedía que le ayudara a sacar del pozo una bolsa de
cuero que se le había caído y que por su edad no podía bajar...¨ me
ofreció, decía el indito, que si le ayudaba a sacar las bolsas, tomara
algo ellas como recompensa.
El nativo desconfiado como todos los de su estirpe,
comprendió que algo no andaba bien por la insistencia del viejo. Al
final de cuentas se asustó y emprendió lo mas rápido que pudo su salida
de ese desolado sitio ya que la noche caía y se le podían ¨ aparecer
las ánimas ¨ . Pasaban los días y nadie se olvidaba del viejo Simón,
hasta que el indito le comunicó a su patrón y a un sacerdote franciscano
la experiencia que vivió una tarde. Luego de su confesión acudieron
varias gentes de San Demetrio y del Fresnillo hasta el lugar donde se
les dijo que había visto al viejo.
Con tristeza y visiblemente aterrados, encontraron el cuerpo
del viejo cerca del pozo. Había sido brutalmente asesinado por los
bandoleros. Lo extraño de todo esto es que las bolsas de cuero jamás se
hallaron por ningún lado, nunca se supo de ellas. Ignoraban que el viejo
antes de ser victimado las arrojó al profundo pozo.
El trágico suceso dio paso a la leyenda. Los mineros de los
dos pueblos, como otras personas que realizaban su recorrido por este
paraje, dicen que han visto a un anciano sentado en el brocal de ese
pozo y les llama pidiéndoles ayuda. Quienes conocen lo que ahí ocurrió
se persignan y siguen de frente, otros que lo desconocen tratan de
ayudarle porque creen que es un mendigo.
Les ha pedido a los que se atreven a acercársele, que
desciendan a la noria, ya que su edad no se lo permite, y saquen las
bolsas que se le cayeron accidentalmente. Les dice que en recompensa
pueden llevarse algunas monedas. Algunos de ellos jamás vuelven a salir.
Al parecer son los desaparecidos de los que jamás se ha vuelto a saber
de ellos. El por qué jamás salen del pozo o desaparecen?
...bueno…dicen…¨ es porque la ambición les gana y al pretender quedarse
con todo el oro el peso del mismo como de sus aviesas intensiones los
hace sucumbir ¨.
Pero, siempre habrá álguien que jamás sucumbirá ante la
ambición y será quien al final disfrutará el tesoro. El será quien
habrá de difundir su propia experiencia y de esa manera se conocerá la
leyenda. Será un humilde pastorcito, el llevaba sus ovejas y cabras a
pastar en ese lugar. El sí atendió sin temor alguno el llamado del
viejo.
Como le vio muy demacrado y hambriento, le brinda parte del
agua que llevaba en el aguaje y le ofrece una de las dos gorditas de
maíz quebrado que traía en su morral; era su comida de todo el día.
El pastor acata la petición y desciende hasta el profundo
pozo y saca las talegas, se las entrega al viejo sin abrirlas. Este le
dice al pequeño que había sido asaltado por bandoleros y para esconder
la paga de los mineros arrojó las bolsas a la noria. Jamás le dijo que
había sido asesinado. El pastorcillo jamás imaginó que las bolsas de
cuero contenían monedas de oro y plata.
De este pastorcito nadie da razón, ya que también
desapareció. Hay quien dice que se le vio después de otros reales, pero
muy cambiado. Se cree que el viejo Simón le correspondió generosamente
por haber sido escuchado.
Sin embargo no todo termina ahí, todavía hay quien jura y
perjura, que un viejecito se aparece en diciembre en el brocal del pozo
del arroyo de La Joya pidiendo ayuda para sacar las bolsas de cuero que
ahí se le cayeron. Quienes conocen la leyenda se persignan y siguen su
camino, pero, ¿qué pasa con otros que la desconocen? Nos dicen que
muchos han desaparecido por ese paraje, incluso han buscado sus restos
por el profundo pozo sin encontrar absolutamente nada. Del viejo Simón
y del tesoro de La Joya, como que nada se ha vuelto a saber. Es
posible que todavía esté en ese sitio, pero para tratar de comprobarlo,
esperemos hasta el mes de diciembre.
( III ).-El
arroyo es conocido como De La Joya, se encuentra ,junto con la noria,
entre las poblaciones de Plateros y Fresnillo

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EL CURRO DE LA CALLE DE SANTA ANA |
Fue en los cuarentas del siglo pasado, cuando las
morismas de San Juanito se realizaban en solares cercanos al templo de
Santa Ana. Adultos y pequeños de la barriada como de otras más,
venidos de distantes lugares de la ciudad como de la región, cada año
para el 24 de junio, acudían con solemnidad y emocionados a presenciar
las tórridas batallas entre moros y cristianos que se escenificaban en
terrenos aledaños al sacro recinto.
Las Morismas de San Juan atraían a cientos de personas de la
región, venían a participar en el novenario y también en los combates
que concluían con la decapitación de San Juan el Bautista. Las batallas
se realizaban en los alrededores de Santa Ana, precisamente donde se
encontraban los campos de béisbol de los caleros (punto de referencia
Escuela Secundaria 3). En el templo se veneraba la imagen de San Juan
Bautista, eran, dicen, una imagen de bulto.
Luego, las morismas se cambiaron al barrio de San Juan
Bautista donde estaba una pequeña capilla, esta existía en la
prolongación norte de la calle 20 de noviembre, la cual fue demolida
para dar paso a una construcción moderna. Contaba con un pequeño foro
para los coloquios. Por cierto esta calle se llamaba San Juan Bautista
y ya aparece en planos de la ciudad correspondiente al año de 1931. Era
además la salida del camino antiguo a La Salada. Los campamentos y las
batallas se montaban y efectuaban en los terrenos donde en la
actualidad se encuentra el Colegio Fresnillo.
Para el vecindario de Santa Ana la llegada de las morismas
provocaba un movimiento sin precedentes. Al mesón de Don Delfino Niño (a
espaldas del templo) llegaban con días de anticipación numerosos jinetes
con sus cabalgaduras, carretones y carretas donde viajaban los
protagonistas de las batallas morismeras. Se transportaban familias
completas para cumplir con una misión devocionaria.
En la casa del señor Elías Pérez García frente al mesón de
Don Delfino, se hospedaban las damitas que fungirían como las reinas de
las morismas. En otra vivienda se alojaría a más personas porque el
mesón y espacios disponibles siempre eran saturados por los visitantes.
Todo mundo se integraba al festejo religioso-pagano, era una
fusión de costumbres, atuendos y platillos. Lo mismo se escuchaba una
melodía de moda en el toca discos, que el sonido de los juegos
mecánicos, hasta la Banda de Guerra de Don Gabino. Como era tiempo de
calores y tratando de mitigar la sed, la bulliciosa chiquillería y
hasta los adultos saboreaban los raspados de hielo, jícamas o naranjas
con chile y las aguas frescas de sabores.
Mientras tanto los contingentes de la morisma con la visita
al templo, luego venía el desfile por varias calles, para llegar en
seguida al campo de batalla donde se escenificaban los combates entre
moros y cristianos, todos iban ataviados de manera llamativa. Iban
armados de sables, cimitarras, algunas de latón o varillas generalmente
eran hechuras caseras. Las escopetas de chispa, hasta rifles de madera
o un arma que ya no funcionaba aparecían en las manos de los aguerridos
combatientes, en su mayoría ¨ peleaban ¨ montando sus cabalgaduras,
otros a pié-tierra; varios caían, otros se levantaban, en el fragor del
combate nadie sabia quien ganaba o perdía; así eran las batallas.
Llamaba poderosamente la atención y admiración de los
presentes los parlamentos, extensos diálogos que se aprendían de
memoria los principales actores del drama morismero. Algunos escuchaban
las arengas, otros más se quedaban en ascuas. Pero lo que siempre
llamaba la atención eran los desplazamientos de los hombres a caballo.
Uno de los personajes centrales era el Rey Moro. El
encabezaba los combates, él iniciaba los diálogos, andaba de un lado
al otro en compañía de la reina, princesas, oficiales y soldados. El
Rey Moro era buscado con verdadero ahínco por los pequeños que le
seguían con admiración. El Rey Moro era Don José Almaraz, vecino del
mismo barrio, era dueño de la carbonería y de un cocedor de cal. Pero
en la morisma se transformaba en rey.
Después de los fragorosos combates, en los campamentos
improvisados, en los alrededores de los campos de batallase vivía otro
ambiente. Reinaba la camaradería entre supuestos moros y cristianos,
brotaban las amenas charlas plagadas de incidentes, Había fiesta, en
la que participaba también el vecindario. En la convivencia aparecía el
típico personaje de la barriada, del cual se contaban diversas
historias, era el General Peluche con su ajado uniforme militar y la
gran cantidad de medallas sobre el chaquetón. Siempre llevaba su
enmohecido e inseparable sable y su deteriorado kepí. La morisma y lo
que ella se derivaba terminaba cuando se decapita a San Juan Bautista,
cuya cabeza era llevada en una pica y luego en charola.
Hasta ahí la morisma de San Juanito en Santa Ana. De este
evento algunos pasajes los recuerda con cierta nostalgia y lo comparte
en una interesante charla el señor Joaquín Pérez que la vivió desde
pequeño. Narra de igual manera lo que sus padres y abuelos le
transmitieron con relación a la morisma como a otros sucesos ocurridos
en la barriada. Desde luego que no todo era la morisma de San Juanito,
al terminar estos eventos regresaba la tranquilidad al pacífico y
añorado barrio, y la rutina se hacía presente, claro, con sus variantes
comunes.
Terminaban las morismas y luego se presentaban otros
acontecimientos que preferían mejor callar, observamos que al tratar de
explicarlo algo atemorizaba e inquietaba al vecindario, esta parte de la
conversación nos obligó a insistir para saber de de que se trataba,
finalmente nos enteramos que la causa que provocaba tanto espanto a los
vecinos era un aparecido. Todo gira en torno a lo que numerosos testigos
aseguraban haber visto.
Los lugareños aseguraban que bajo el enorme mezquite que
había crecido frente al atrio de Santa Ana se aparecía un tipo vestido
con ropajes finos y elegantes, lucía con cierto desdén su bombín ingles,
bastón dorado, levita y botines de charol. Su rostro era moreno claro,
sus ojos oscuros y su mirada aguda y penetrante, lucía un recortado
bigote que terminaba en puntas hacia arriba. Decían que no era del
barrio y que más bien parecía extranjero.
El extraño era visto por casi todo el vecindario, siempre
se hacía presente en las noches de luna. Todo ocurría después de las
morismas. Llegaba hasta el mezquite, luego en unas maderas que servían
como banco se sentaba por algunos minutos y cuando alguien se atrevía a
llegar hasta él, desaparecía de inmediato dejando un olor tan penetrante
como si fuera azufre. La gente decía que era el curro que también se
paseaba por los Portales y que solamente en las noches de luna se
aparecía.
El
Curro sigue apareciéndose por el rumbo del templo de Santa Ana…Ya no
existe el frondoso mezquite, ni el mesón de Don Delfino, tampoco la
carbonería de Don José Almaraz el popular Rey Moro, es más, ya no se
realizan las morismas en este lugar, sin embargo aseguran los vecinos
que siguen viendo al Curro en sus caminatas nocturnas desde los portales
para terminar frente al atrio de Santa Ana. Es como si buscara algo,
nadie ha sabido quien sea, ni a quien busca, aunque insisten en que
parecía un extranjero, que era como un príncipe europeo.

LA CURRA DE LA CALLE DE PLATEROS |
(La Dama
de las plumas y pieles)
En los cuarentas sin que
nadie supiera de dónde salió, empezó a recorrer la calle de Plateros,
desde la plazuela de la Cruz Verde, una encopetada Dama cuya figura y
vestimenta parecía haber salido de las revistas de moda de principios de
siglo. Dormía donde se le daba posada y se alimentaba de lo que los
vecinos le obsequiaban.
No era una pordiosera,
ni mucho menos una loca. Su comportamiento hacía notar que era educada.
Su ropaje aunque ajado por los años, la hacían lucir a su manera y con
cierto garbo caminaba como tratando de decir con su rítmico contoneo que
aún permanecía en esa época donde el esplendor, glamour y riqueza eran
común denominador en las clases altas de la sociedad minera.
Así como llegaba, de un
día a otro, se retiraba. Nadie, absolutamente nadie se atrevía a
preguntarle de dónde era o se dirigía. Solamente y con grandes
dificultades, porque no permitía que la acosaran con preguntas. Se pudo
saber que se llamaba Francisca de la Riva. De pronto enmudecía y no
volvía o no quería pronunciar palabra alguna. Como que no deseaba
condescender con la plebe.
El vecindario y la
chiquillería empezó a familiarizarse con este extraño personaje venido
de la nada, pero que llamaba la atención de todos por la forma de vestir
y de lucir gran cantidad de alhajas, de las cuales con el tiempo se vio
que eran de bisutería, no así sus raídos vestidos y abrigos, mantillas,
pieles y sombreros que, aunque deteriorados, en su esbelto cuerpo lucían
de cierta manera.
La gente la respetaba y
le llamaba cariñosamente y con disimulado temor a una violenta reacción,
como “Pancha la Curra” o simplemente “La Pancha”. La muchachada desde el
principio que apareció por el barrio le hacían todo tipo de bromas, lo
cual la enfurecía, pero no pasaba a mayores ya que de inmediato volvía a
su indiferente actitud y comportamiento, como si se adentrara a otro
mundo, a un mundo que solamente su confusa mente recreaba.
Pancha la Curra vivió,
por decirlo así, durante varios años. En ciertas temporadas hacía su
maleta y se despedía de quienes le daban posada, para emprender el viaje
sin que se llegara a saber a dónde. Luego volvía a reaparecer en la
misma calle y se dirigía a una de las casas que eran de un sacerdote, al
parecer del Padre Abasta, y que le administraba don Domingo Robles, la
número 29. A propósito, otros decires señalan que este religioso tenía
numerosas propiedades en esta calle como en el callejón del ciprés y
calle de la luz.
En tiempos más cercanos,
la gente de edad que aún vive en las calles mencionadas, han expresado
no una, sino en varias ocasiones, que han vuelto a ver a Pancha la
Curra. Camina con lentitud cargando sus deteriorados y empolvados
velices y vistiendo el ropaje que es característico de ella. Es el
personaje que regresaba de una diferente y lejana época sin saber el por
qué.
Algunos vecinos de las
calles adyacentes a la Plateros también han expresado que esa aparición
ha vuelto. Creían que ya nunca jamás la verían por esas calles luego de
que desapareció allá por los cincuentas. Dicen que ahora sí Pancha la
Curra anda preguntando por aquí, por allá, de todas aquellas gentes que
vivían en los antiguos y descuidados caseríos del Padre Abasta.
Nadie le ha podido dar
respuesta ya que habla de épocas que ya se fueron.
Pancha la
Curra camina de un lado a otro visiblemente cansada, hasta desorientada
ya que no encuentra por ningún lado la casa número 29, ni el zaguán
lleno de macetas y de pajarillos cantores, no encuentra aquel gigante
mezquite que desde la calle se veía, ni las bardas de adobes de tierra
colorada.

EL MINERO QUE ANUNCIO SU MUERTE |
(Hechos ocurridos por la calle del Codo)
Así me lo contaron…Ocurrió por los veintes, cuando la
bonanza minera en Fresnillo atrajo la atención de mucha gente que
buscaban afanosamente ser trabajadores de las minas por ser un empleo
entonces “bien pagado”.
Vinieron de todas partes del país, y de otros. Fue cuando
llegaron los gringos de la The Mexican Corporation a las Minas del Cerro
de Proaño. Los de la The fresnillo Company habían empezado en Los Jales
de Santa Ana.
Mi abuelo de nombre Juventíno, fue uno de los mineros
contratado por los “güeros”, el era de Guanajuato. Dicen que era de los
buenos para sacar metal por eso le pagaban hasta en dólares. Con lo que
ganaba logro hacer su casa por la calle de Codo, tenia un zaguán, sala,
recámara, varios cuartos, cocina con fogón, patio y corral; hasta su
noria. Desde sus grandes ventanales se miraba el cerro, se veía enorme
porque había pocas casas por el rumbo.
En ese tiempo era común que los obreros más calificados
cubrieran hasta dos turnos, lo cual representaba para la empresa
seguridad en la extracción del mineral de buena ley. Para el obrero le
correspondían jugosas ganancias por el tiempo extra… Pues bien, uno de
esos días sucedió lo que mi abuelo me contó.
Resulta que, una oscura noche, mi abuelo se dirigía a su
casa luego de salir del turno de seguridad. Recorría a pié las polvosas
calles y callejones, cuya iluminación era a base de focos que la
compañía minera instalaba en las esquinas.
Siempre se hacían acompañar varios obreros por seguridad, el
grupo se iba desgranando conforme cada quien iba llegando a su morada…
Mi abuelo fue el último de ese grupo, el resto ya había llegado a su
casa por el rumbo de la Barreno. Otros más iban a la calle del sulfato o
hasta la colonia del Patrocinio (Esparza)… como les decía, mi abuelo
tenía su casa por el Codo.
Bueno… Cuando me contó el abuelo su experiencia, lo veía muy
emocionado, a lo mejor se ponía nervioso… Era como si volviera a vivir
lo que le pasó esa noche. Su voz se le encontraba entrecortada… Esa
noche, cuando llegaba a su casa, lo hizo de manera apresurada. Llegó
agitadísimo, platicaba mi abuela Sofía…Y, decía: “Que así se ponía
cuando ocurría algún accidente en la mina”. Es más mi abuela llegó a
creer que hasta se había emborrachado.
Después supe el origen de su alteración.
Un día antes después de esa inquietante noche, mi abuelo
llego a su hogar muy tranquilo luego de haber terminado su jornada
laboral y le platicó a su esposa que había encontrado un minero de
nombre Jacinto que le pedía, mejor dicho le suplicaba que: “avisara a
sus familiares de su muerte…” Como era de esperarse mi abuelo no le hizo
caso y hasta pensó que Jacinto andaba tomando o quizá marihuano.
Decía Don Juventino que había visto muy raro a Jacinto, que
hasta lo notó muy pálido, como si anduviera gaseado y lleno de raspones
en las manos. Creía que se había caído por la borrachera que se cargaba.
Durante la noche no pudo conciliar el sueño, pues creía ver en todos los
rincones a Jacinto pidiéndole que avisara a sus familiares de su muerte.
Finalmente llego la luz del siguiente día…Mi abuelo se
dirigió a su trabajo para cubrir los turnos convenidos. Antes se
dirigió, dijo que por “mera curiosidad” a la casa de Jacinto, por el
rumbo de Sulfato… Al llegar a ella por poco se desmaya. Escuchó
lastimeros gritos, las mujeres lloraban desconsoladamente, los niños
también; mucha gente lo hacía.
Ante sus incrédulos ojos veía a muchas personas corre de un
lado a otro. Llevaban flores, otros rezaban, otros mas sollozaban y
apenas se oía lo que hablaban. Pero el escucho claramente lo que decían,
lo cual lo hizo estremecer. Todos los presentes lamentaban la muerte de
Jacinto. Ayes de dolor flotaban en el aire y se veían caras tristes por
todos lados. Giraban en torno al camastro sobre el cual yacía Jacinto
sin vida. Había muerto en un accidente en uno de los socavones de la
mina al empezar el turno de tercera.
El accidente ocurrió casi la misma hora en que mi abuelo
dice que se encontró a Jacinto. Decía que nunca se le olvidaría esa
triste noche y mucho menos las siguientes luego de comprobar que el
minero le anunció su muerte casi al mismo instante en que sucedieron los
trágicos hechos en uno de los socavones del Cerro de Proaño.
Además, me platicaba muy serio: “hay veces,
al regresar de la chamba, como que Jacinto anda tras de mi con las
plegarias”. Otros trabajadores también han dicho que lo han visto por
esas calles durante las noches buscando quien le haga el favor de
“Avisar a sus familiares de su muerte”…

LA LLORONA DE FRESNILLO (1) |
Contaban que en algunas de aquellas épocas de bonanza de
las minas del Cerro de Proaño, sin poder precisar fechas, llegó a ésta
población un matrimonio integrado por un rudo minero, una hacendosa
mujer y dos hijos pequeños.
Según
eso, llegó esa familia procedente de quien sabe que otro distante lugar
minero… El era un hábil barretero y como muchos mineros, amigo de
frecuentar las cantinas después de recibir la “raya”.
La mentalidad de la mayor parte de los trabajadores de las
minas de ese tiempo, era la de tener otra mujer con quien compartir los
tostones y pesos de plata de la raya de los sábados. Pagaban de su
salario momentos de placer.
Sucede entonces que este afamado barretero, del cual jamás
se supo su nombre, después de su llegada al mineral, conoció a una
mujerzuela, coqueta y de casco livianos, a la que enamoró y compartía
con ella su amor y jornal.
La legítima esposa, de nombre Agustina, de exuberante
belleza pero excesivamente celosa, no tardó en darse cuenta de los
amoríos de su hombre y la casquivana del pueblo. Le empezó a reclamar a
su cónyuge su mal proceder. Le echaba en cara que tanto a ella como a
sus hijos, les tenía a medio comer y vestían ropa andrajosa. El sin
negarlo y con el descaro del macho mexicano no tomaba en cuenta lo dicho
por su esposa.
Es más, le contestaba encrespado que para eso era hombre y
que también para eso trabajaba en las oscuras profundidades de la mina y
que el haría con su dinero lo que le diera la gana.
Estas acaloradas discusiones solían terminar con una lluvia
de golpes contra la indefensa mujer. Le gritaba enfurecido, quitándose
el ancho cinturón de cuero… ¡Para que no te andes metiendo en lo que no
te importa!… De las palabras se pasaba a la agresión, a la pobre
Agustina le caían cuerazos por todo el cuerpo.
Después de la golpiza le decía: ¡Tu lugar está en la casa
cuidando los chilpayates…! Ella por su parte tan solo alcanzaba a decir
entre sollozos: ¡Así serás hombre con las mujeres, pero todo eso te va a
pesar! No me importan tus amenazas. Se reía el rudo minero. Luego le
advertía: y mira, es más, si no te gusta ¡lárgate! ¡Vete!…Vete de mi
casa, tu no tienes nada aquí.
La mujer adolorida por los golpes lloraba desconsoladamente.
Se sentía humillada y al verse impotente ante la fuerza bruta del
minero, en silencio, fue incubando en su mente su cruel venganza, por el
ultraje de que era victima.
El barretero salió de lo que era su hogar, profiriendo
gruesas y altisonantes palabras ofensivas y se dirigió decididamente a
la casa donde le esperaba su amante.
Agustina cegada por la ira y con negros pensamientos cargó
en sus entumecidos brazos a sus dos pequeños hijos y tomó rumbo al cerro
de Proaño. Frente a una profunda cata arrojó llena de coraje a sus
hijos, sus cuerpecitos rebotaban en los peñascos. Tuvieron una horrenda
muerte casi desde el primer impacto con las piedras.
Con este escalofriante suceso se trastornó aún más la
inconsolable Agustina. El odio hacia su marido aumentaba al considerarlo
causante de su desgracia y armada con filosa daga se dirigió a la casa
de la amante de su esposo.
Encontró en los brazos de su rival de amores a su esposo.
Agustina presa de una total locura se arrojó puñal en mano contra él
hiriéndole de muerte, hundió el puñal en repetidas ocasiones en el
cuerpo de su desleal marido. Murió bañado en su propia sangre. Agustina
totalmente desquiciada, corrió por todos lados llorando y gritando, se
dirigía al cerro de Proaño. Se le escuchaba con claridad: ¡Mis hijos… ay
mis hijos… mis hijos…! Llegó a la cata donde había arrojado a sus pobres
criaturas y sin detenerse se arrojó al abismo para reunirse con sus
hijos. La profunda y oscura cata apagó sus gritos y lamentos conforme
caía.
Después de esta tragedia, contaban las gentes del rumbo, que
por las noches se aparecía por las pendientes del cerro una mujer
vestida de blanco, como un fantasma, con la cabellera suelta que se
movía con el viento.
Esta aparición llegaba hasta la calle del barreno y luego
por el callejón del muro, después se le vería por el rumbo del Tiro de
Buenos Aires y colonia Esparza. Recorría los alrededores, generalmente
por las noches.
Como que flotaba en el aire, no corría, decían los
asustadizos noctámbulos. Y siempre andaba como llorando y gritando… ¡Mis
hijos… ay mis hijos...!
Lo anterior rápidamente se difundió por todo el pueblo. Las
apariciones y lamentos de La llorona, así le decían, empezaban a
intranquilizar a los habitantes que tenían sus viviendas cerca del cerro
y también en otros lugares.
Algunos trasnochadores dejaron de salir de sus casas por
temor de encontrarse con La llorona, la cual ya identificaban como
Agustina.
Cuentan que, a un minero entrado ya en copas,
trastabillándose camino a su casa a las orillas de la ciudad se le
apareció La llorona que le siguió por varias cuadras con sus lastimeros
lamentos.
Este minero con el rostro desencajado por el miedo, tropezando aquí,
allá, final mente llego hasta su casa. Estaba tan pálido que parecía un
muerto. Fue el susto tan tremendo que… ¡Hasta la borrachera se le
quitó…!

LA MONJA DEL CALLEJON DE LAS CAMPANAS |
Durante años era común observar en la ventana que se
encuentra en la parte alta de la sacristía del templo de la
purificación, a una religiosa muy joven, vestida de blanco.
Posiblemente era una novicia que por las tardes, al
ocultarse el sol, se entregaba a la lectura. Para observar el paisaje
que ante sus pies le ofrecía la plaza principal, solo dedicaba algunos
frugales instantes.
Para quienes transitaban por ese lugar, por las tardes
principalmente, hasta antes del Rosario, veían a las religiosas en el
ventanal. Ya algunos le conocían y levantaban la mano en señal de
respetuoso saludo, ella le contestaba de igual forma, incluso en
ocasiones les regalaba una sonrisa.
Las monjas que habitaban la parte posterior de la sacristía,
permanecieron por espacio de varios años, ellas tenían bajo su
responsabilidad el mantenimiento de la Parroquia en lo que se refiere a
la limpieza, arreglo de altares, confección de vestuario para las
imágenes y sacerdotes oficiantes; incluso recogían limosnas y cocinaban
los alimentos de los padres que moraban o visitaban la casa curial.
Nadie sabe le por qué, pero al parecer terminaron con su
servicio, pero las religiosas fueron enviadas a otro lugar, quedando la
casa curial en total abandono. Solamente se utilizaban los espacios
acondicionados para la sacristía, otros para oficinas de los sacerdotes,
guardarropa, archivo, etc. En otros cuartos se instaló la notaría y
librería.
Había otros espacios donde se guardaban antiguas reliquias
religiosas, entre ellas imágenes talladas en madera, libros, documentos,
vestimenta de sacerdotes y retablos que datan de por lo menos dos
siglos.
Con el paso del tiempo la casa curial era solamente un sitio
donde se almacenaban infinidad de objetos del culto, incluso servía como
bodega. Se le habían construido otros cuartos para reuniones o sesiones
donde participaban los clérigos junto con los integrantes de las
diferentes hermandades o cofradías. Era un lugar totalmente separado del
resto de la Iglesia.
Pasaban los años y jamás se supo del paradero de las
religiosas; ya casi nadie se acordaba de ellas, sin embargo hace unos
años empezó a llamar la atencoión de los transeúntes la presencia de una
monja en la ventana que se encuentra sobre la antigua sacristía. Se
alcanzaba a ver solamente medio cuerpo, aparecía sentada llevando en sus
manos un libro, permanecía toda la tarde y se retiraba antes de la
primer llamada al Rosario.
Se creía que de nueva cuenta alguna orden religiosa había
vuelto para hacerse cargo de la Parroquia, pero no fue así. El cura
responsable del templo informaba que ninguna monja se encontraba y mucho
menos habitara en ese lugar. No daba crédito a quienes comentaban
haberla visto por las tardes en el ventanal del tercer piso del Callejón
de las Campanas.
Ante la insistencia de numerosas personas que aseguraban
haber visto a la monja vestida de blanco, se tomó la decisión muy formal
de investigar los hechos, para el efecto el cura se hizo acompañar de
otros sacerdotes del sacristán y monaguillos. Se apostaron en las bancas
del Jardín Madero del lado oriente, frente al Sitio. Otros más en la
banqueta frente a la negociación de don Manuel Miranda Zamora y del
Seguro Social.
Estos últimos fueron precisamente los que vieron a la monja
en la ventana y de inmediato dieron aviso a los demás. Juntos estuvieron
atentos de lo que sus ojos veían. Como que no daban crédito a ello,
otros expresaban que en ese lugar no había nadie y que en los cuartos
abandonados solamente se guardaban algunas cosas que ya no se
utilizaban. Todos ellos se armaron de valor y decidieron acompañar al
cura en el recorrido por el interior.
A todos se les veía visiblemente alterados, no comprendían
lo que pasaba y empezaron a dudar… se preguntaban con insistencia: ¿era
o no una monja…? A lo mejor es un monaguillo bromista, decían otros.
Conforme se recorrían los pasillos se veía claramente que nadie se
encontraba en esos cuartos, se observaba que permanecían cerrados desde
hace muchísimos años.
Luego de abrir los enmohecidos cerrojos de las puertas que
daban a los cuartos de la parte alta de la Sacristía, se penetró al
recinto donde se respiraba un ambiente fantasmal; los angostos pasillos
eran cubiertos por una especie de mantón negro debido a la deficiente
iluminación se recurría a las linternas de mano para tratar de ver lo
que ahí se encontraba. Debo decir que todo el grupo iba atrás del
sacerdote.
Después de haber recorrido algunos pasillos se llega
finalmente al cuarto donde supuestamente se encontraba la monja. Es como
un tercer piso, se llega a el subiendo una escalera de madera, se
abrieron las puertas y se observó que durante años nadie se había parado
en ese lugar. Seguidamente se procedió a abrir la ventana y en la parte
baja se encontró una especie de rebaje en el muro que servía como banco,
cerca un libro.
Al ver de cerca el empolvado libro en sus amarillentas
páginas aparecieron poemas que escribiera Sor Juana Inés de la Cruz. De
la monja vestida de blanco nada se encontró que pudiera confirmar su
presencia, pero dicen los que hasta ese lugar llegaron, que al instante
en que se abrió la ventana, la luz iluminó totalmente la estancia, luego
una paloma de plumaje blanco salió de la oscuridad para luego perderse
entre el follaje de los árboles del jardín.
Nadie trató de explicar lo que ahí había ocurrido o creyeron
ver, todos, incluso el sacerdote, se mantuvieron callados. Algunos
empezaron a caer en una especie de sopor y el nerviosismo de inmediato
se hizo presente. El miedo invadió a todos menos a un avezado jovenzuelo
que curioso como pocos buscaban algo más que le hiciera comprender lo
que en ese lugar había pasado.
Este mozalbete se dio a la investigación, los demás
prefirieron olvidarlo, aunque no les fue nada fácil. De acuerdo a lo que
se buscaba saber se logró más adelante conocer que una de las monjas que
ahí moraron, había muerto siendo una novicia. Su deceso fue ocultado o
por lo menos pocos lo sabían.
La novicia, después se supo siempre buscaba rincones
apartados para leer a Sor Juana Inés de la Cruz, y lo hacía a escondidas
por temor a las amonestaciones y severos castigos que le imponían las
superioras por desobediencia. Esta novicia descubrió un cuarto oculto en
un tercer piso disimulado y lo utilizaba como escondrijo, luego se
sentaba frente a la ventana que da precisamente a la rinconada.
Incluso se supo que el cuerpo de esta novicia fue sepultado
en el interior del templo parroquial, bajo el piso que en ese tiempo era
de duela de madera. Se descubrió la tumba cuando se retira el piso de
madera para colocar el de mosaico en las obras de decoración del templo
que hiciera Ricardo García Bernal. Al parecer se abrió la tumba y se
encontraron restos de la religiosa, todavía se apreciaba algo de la
blanca túnica o hábito. Se decidió que ahí permaneciera y no se hablara
más del caso.
También se logró saber que se hacía llamar Juana Inés,
aunque su nombre verdadero era otro. Ella fue entregada por sus padres
al cuidado de las religiosas porque era muy afecta a la lectura,
pretendiendo quitarle ese gusto por considerar que no era el apropiado
para una jovencita de su edad.
Ya son otros tiempos, el templo parroquial medio siglo
después de aquella decoración, presenta otra fisonomía. Se procede a la
restauración de la antigua sacristía y notaría, donde quedara montado el
museo de arte sacro. Se volvió a abrir el ventanal de la rinconada y la
luz volvió a entrar en ese abandonado recinto.
Han pasado los años con relación a esos hechos,
indudablemente, pero sin embargo todavía hay quien afirma que por las
tardes, cuando la ventana es abierta por alguna razón, como que se
alcanza a ver una figura vestida de blanco como si estuviera leyendo un
libro y que de vez en cuando dirige su mirada hacia el jardín… ¿acaso es
Juana Inés?... Usted puede comprobarlo si lo desea o se atreve. Según la
conseja, se aparece por las tardes, antes de la primer llamada al
Rosario, ya que se retira a cumplir con sus obligaciones.
Al ocultarse el sol el disperso vecindario cercano a las faldas del
legendario cerro de Proaño se apresuraba a llegar a su casa. Como que
nadie quería permanecer en las calles de Fresnillo, precisamente al
caer la noche. Nadie se atrevía a preguntar el porque, tan solo y por
costumbre todo mundo prefería estar en sus viviendas antes de que
oscureciera.
Como fuereño creía que era una costumbre local. Más tarde me
enteré de lo que llevaba a las personas a estar en sus casas poquito
antes de las siete de la tarde. Las primeras impresiones de hecho me
sorprendieron, no daba cabida a lo que mis oídos escuchaban lo atribuía
a una broma o bien lo tomaba como una advertencia velada para no
incursionar por esos lugares.
A lo mejor pensé--, los macetudos jovenzuelos me inducían
con baladronadas a no pararme por sus barrios por temor a enamorar a una
de sus atractivas mozas que como ramilletes abundaban en todo el pueblo.
Me decían con cierta insistencia: ¨ Mira Juan, no te andes por estos
barrios por las noches porque se te puede aparecer ¨la llorona¨. A veces
me daba risa, pero en otras me quedaba callado; no quería
contradecirles, mucho menos enfrentarlos, porque tenían la fama de ser ¨
muy entrones ¨
Un día pregunte a los viejos del barrio del sulfato sobre ¨
la llorona ¨. Yo sabía que un personaje parecido existío en la ciudad de
Mexico en tiempos del virreinato o la colonia, pero jamás imaginé que en
Fresnillo hubiera otro. Lo que escuché me dejó pasmado. Mejor se los
platico.
Hace muchos años, narraban los ancianitos, cuando se
trabajaba en las catas del cerro, era costumbre llevarles la comida a
los mineros a las 12 del día. Acudían las esposas, a veces las hijas o
hijos, cualquier familiar; llevaban un gran canasto cubierto con un
mantel bordado a mano, en su interior las cazuelas y jarros conteniendo
la comida y bebidas, incluso dulces de alfajor de coco.
Agustina era el nombre de la esposa de uno de los mineros.
Ella iba siempre muy bien vestida, con su pelo largo sujeto con listones
de colores. Unas arracadas de oro pendían de sus oídos. Su rostro
rebozaba de alegría y orgullo cuando se dirigía a llevarle la comida a
su esposo; era una mujer muy agradable y atractiva. En ocasiones
llevaba a sus dos menores hijos.
Todos ellos, el minero, Agustina y los niños, se acomodaban
alrededor del mantel que se acomodaba en el pedregoso piso. Se sacaban
las casuelas con las ricas viandas, se servía el caldo de res rebosado
de verdura, carne y un elote; luego venía la sopa de pasta, después
los frijolitos refritos. No faltaba la picosa salsa verde en el
molcajete. Las tortillas calientitas eran cubiertas por un pequeño
mantel. En un jarro de barro se llevaba el agua fresca sacada de la
noria del común y para terminar consumían los dulces de alfajor de coco
o de piloncillo.
Era una especie de ritual de lunes a viernes a las 12:00
horas del mediodía. Pero, un mal día se destrizó de manera inesperada y
violenta esta la tradición familiar dio paso a la tragedia. Resulta que
Agustina llegó minutos antes de la cita acostumbrada y alcanzó a ver
como su esposo se despedía muy amorosamente de una bella jovencita.
Hizo el coraje de su vida, casi enmudeció y tuvo que
aguantarse la ira que le consumía las entrañas para acercarse a su
infiel marido y entregarle la canasta con sus alimentos. Ninguno de
ellos hablaba más de lo necesario. Días después de aquel, el esposo de
Agustina le pidió que ya no le llevara su comida al mediodía, porque
tenía otra mujer. Al escuchar de su marido tan hirientes palabras
Agustina enloqueció y emprendió veloz carrera rumbo a las profundas
catas del cerro para arrojarse a una de ellas. Su semi destrozado cuerpo
fue encontrado muchos días después y se procedió a darle cristiana
sepultura. Sus menores hijos quedaron al cuidado de unos parientes que
vivían por el Barrio del Potrero Azul.
Pasó algún tiempo y poco a poco la tragedia de Agustina se
empezó a olvidar. Sin embargo una fría tarde del mes de enero, casi al
oscurecer, varias personas por el rumbo de la calle de las Delicias
empezaron a escuchar escalofriantes gritos, eran de una mujer que
lloraba y gritaba a la vez. Se le escuchaba algo así: “Que será de mis
hijos… Ay de mis hijos…” Decían que era alta, muy bien vestida, de pelo
largo con listones de colores y que corría de un lado a otro llorando y
gritando.
Desde entonces no tan solo los vecinos de esas calles,
tambien de otras como la de la Luna, del Barreno, del Muro, bueno… hasta
la Plazuela del Huache, barrio del palomar y calle del Puente, juran
haber visto esa aparición antes de oscurecer. Quienes la han sentido de
cerca o visto, afirman sumamente nerviosos que… ¡es Agustina…! La que se
arrojó a las profundidades de una cata del cerro de Proaño cuando perdió
la razón luego de que el marido la engañó con otra mujer. Empezaron a
decirle que era “Agustina… la llorona…”, la cual pedía por sus hijos.
Lo que aquí les narré me lo platicaron cuando llegué a
Fresnillo a Trabajar en la Compañía, por el año de 1930.
Después de conocer el porque todos por el rumbo cercano al
cerro donde están las minas antes de que caiga la noche se dirigen a sus
casas como bien dicen… prefiero esa costumbre que encontrarme con LA
LLORONA.

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